Manuel Páez, presidente de la constructora Quintercon: “La burocracia municipal acabará arruinando al sector y es preciso poner remedio a esto”

Si hay un ejemplo de eso que los anglosajones llaman ‘self made man’, este es el más paradigmático

Manuel Páez Quintero, presidente de la constructora Quintercon
Manuel Páez Quintero, presidente de la constructora Quintercon. Sergio Méndez

Si hay un ejemplo de eso que los anglosajones llaman self made man, este es el más paradigmático. Su yerno, que es inglés, le puede traducir la expresión, tan usada. Se llama Manuel Páez Quintero, pero todo el mundo lo conoce por Lolo. Nació en La Orotava en 1964, va a cumplir 57 años. Y se ha pasado la vida trabajando desde que con 13 años, y en tiempos que se quedan lejanos, tuvo que convertirse en peón de la construcción por necesidades familiares. Hoy es propietario, con su mujer, Lucrecia González, y sus dos hijas Jessica y Patricia, ambas graduadas en ADE, de una empresa de construcción próspera, que ha hecho frente a la crisis del 2007 y a la crisis de la COVID con una entereza encomiable. Da empleo, directo e indirecto, a 200 personas. Promueve y construye viviendas de todo tipo: de lujo y para las clases más modestas. Lo hace todo, menos la excavación. Con él trabajan sus hermanos y la mayor de sus hijas y le gusta recordar el pasado, quizá para valorar más lo que ha hecho desde que se decidió a volar solo, después de trabajar muchos años para los demás. Su empresa se llama Quintercon. Logró este nombre después de otras diez o doce denominaciones que le rechazaron en el Registro. Le pregunté por sus comienzos y me parece que se le rayaron los ojos al recordarlos. Es un hombre sin miedo: “¿Por qué voy a tener miedo si procuro cumplir la ley?”. Cuando le pregunto que cuál es el secreto de su éxito me responde con otra frase que había oído antes a gente que también empezó de cero, es curioso: “La honradez y la seriedad. Si cumples con esas dos cualidades triunfarás, no tengas ninguna duda”. Tiene una lucha pendiente, esta vez contra las administraciones, “cuya lentitud en conceder licencias que están presentadas correctamente está arruinando a tanta gente. Y no le echen la culpa a los políticos, porque son los funcionarios de Urbanismo de ciertos municipios los que hacen y deshacen a su antojo y es necesario modificar su forma de actuar porque de lo contrario lo que van a crear es ruina, paro y fracaso”. Ya les dije que era un hombre sin miedo.

-Quizá no te convenga decir eso. Lo digo por prudencia.
“Me da igual. Es preciso que exista una ley que ponga plazos a la concesión de licencias; una ley que penalice a las administraciones en caso de que no cumplan esos plazos. De lo contrario no habrá empresa que resista”.

-Vamos por partes, Lolo. Hablemos de tu niñez.
“Yo era un niño aplicado que se levantaba a las seis de la mañana para ordeñar las doce vacas que mi padre tenía. No me daba tiempo de llegar puntual al colegio y me ponían de rodillas con los brazos en cruz para castigarme por ello. No se daban cuenta de que había madrugado más que el profesor y que todos los demás alumnos”.

-¿Sufriste en el cole?
“No, lo pasaba bien. Era muy bueno en matemáticas. Cuando en séptimo de EGB dejé de ir, mi tutor y hasta el director del colegio fueron a casa a hablar con mi padre; querían que volviera. Fueron hasta tres veces. Pero yo había tomado una decisión: quería trabajar. Tenía 13 años”.

-¿Y por qué en la construcción?
“Porque había trabajo y veía futuro”.

-¿Cómo pudiste superar la crisis, la de 2007 y años siguientes?
“¿Te digo por qué? Pues porque no me dejé llevar por nadie, ni por los bancos. Intenté ser más listo que ellos. No me tumbaron ni las letras protestadas de Construcciones Alcalá, cuya quiebra arrastró a tanta gente. Y que a mí me trancó con 80 millones de pesetas. Sobreviví, pero pasé muchos apuros. Otra clave es tener buena información, anticiparte a los acontecimientos”.

(Lolo me cuenta una larga historia de las empresas en las que trabajó. Que si con Arcadio Díaz Dorta, en Tacoronte; que si con tal, que si con cual. Una vida de lucha titánica por salir adelante. Y, claro, le pregunto por el secreto, cuando tantos se quedan por el camino. Y es entonces cuando me habla de la honradez y de la seriedad. Y añade: “A mí me gusta hacer las cosas bien y no engañar a nadie, y cumplir la palabra dada. No le debo un duro a nadie y procuro poner orden a las cosas. He trabajado en empresas que no tenían ni un papel, ni sabían si ganaban o perdían cuando construían un chalé”).

-¿Cuáles son tus perspectivas?
“Pues seguir trabajando. Tengo suelo para hacer obras durante mucho tiempo. Elijo bien los solares que compro y mi historial me avala. Durante 19 años hice obras para Mercadona, aunque no llegué a conocer al dueño. Le construí 32 tiendas a esta gran empresa”.

-Que factura más que El Corte Inglés.
“Pues fíjate”.

-¿Cuántas viviendas has construido en tu vida de empresario?
“Unas 2.000 y tengo suelo para otras 2.000”.

-Me da que mantienes una guerra con los técnicos de Urbanismo de algún municipio.
“De momento no voy a dar nombres, pero es una vergüenza. No digo que ocurra en todos los municipios, pero sí en algunos. Ellos cobran sus sueldos a fin de mes, siempre. Si se equivocan, les caen encima; y por eso es más cómodo no hacer nada y vivir tranquilos. Las licencias se dilatan en el tiempo, los problemas que pueden surgir no se solucionan. Es desesperante. Ya lo ha denunciado el presidente de nuestra patronal, Óscar Izquierdo. La situación es muy grave. Los técnicos deberían asumir las responsabilidades si no informan y no firman las peticiones de licencias que les lleguen correctamente. Porque están causando un daño irreparable a los empresarios y a los ciudadanos que quieren tener sus viviendas, por ejemplo”.

-Me han dicho que algunos ni cogen los teléfonos.
“Y es verdad. Tienes que ir a Urbanismo, pedir hora, rendirte a trámites absurdos e innecesarios. Hay generalmente en esas oficinas muchos jefes y pocos indios, que te hacen la vida imposible. Estoy dispuesto a dar nombres y situaciones concretas. Y ya veremos dónde está la basura, si en los empresarios honrados que lo que quieren es trabajar o dentro de algunos ayuntamientos por su dejadez”.

-¿Has notado la crisis de la pandemia?
“Se ha notado, aunque no tanto como la que comenzó en 2007. Hasta 2015 no nos recuperamos de aquella y la del covid está en su plenitud. A nosotros nos ha afectado, pero también la estamos superando. Pero te diré algo, en el pasado mes de abril no vendí ni una sola vivienda. Fue algo muy extraño, pero ocurrió. La gente se acojonó o no sé qué pasó. Ha sido el peor mes de la pandemia”.

Manuel Páez Quintero, presidente de la constructora Quintercon
Manuel Páez Quintero, presidente de la constructora Quintercon. Sergio Méndez

-¿Cuál es tu sistema de venta de viviendas?
“Yo compro el solar, que generalmente viene de la mano de un arquitecto, con el proyecto. Yo lo superviso y lo retoco a mi manera, el arquitecto lo adapta de acuerdo con la ley urbanística. Lo promocionamos nosotros y lo construimos de acuerdo a ese proyecto, una vez obtenidas todas las licencias. Ya sabes que te cobran por todo, es agobiante: la licencia, las acometidas de agua y de luz, los vados de los garajes; los impuestos son cada día más asfixiantes para los promotores”.

-Me han dicho que eres un viajero curioso.
“Me gusta visitar otros países, además del mío, sí”.

-¿Por ejemplo?
“Pues Hungría, Francia, Alemania, Reino Unido. Me voy fijando en las cosas, tomo notas y las traslado a mi trabajo”.

-¿Crees que la burocracia destruye la riqueza y atenta contra el trabajo de quienes se arriesgan e invierten?
“Tú lo has dicho. Hay un municipio que ha tardado meses, años, en concederme una licencia cuya tramitación había sido impecable. Y todo porque a un tío se le ocurrió decir que afectaba a una casa con historia. No la tenía. Era mentira. Me ha causado muchos problemas, me ha costado mucho dinero. Al final me darán la licencia, ¿pero quién me paga por los daños causados? Nadie”.

-Lo que dices es un clamor entre los empresarios de la construcción.
“Es que nosotros sólo pedimos que los trámites se agilicen, que la administración que pagamos todos funcione, que se establezcan plazos para la concesión de las licencias que cumplan la norma urbanística y que no se estén inventando pegas para retrasarlas una y otra vez. La burocracia municipal es un lastre para los inversores. Y por mucho que un político quiera no puede luchar contra un técnico que se niegue a cumplir con su obligación”.

-Ahora entiendo que te consideres un empresario sin miedo.
“¿Miedo a qué? ¿Acaso no estamos en un Estado de derecho? ¿Miedo a qué?, no tengo por qué tener miedo a nada”.

-Vamos a volver atrás, Lolo, ¿tienes siempre presente tu origen humilde?
“Yo siempre tengo presente una cosa, muy grande. Mis padres me dieron la vida y lo demás me lo he ganado yo trabajando. Mira, participé con los Peraza en la construcción de parte de la autopista del Sur, hice carreteras, allá arriba, por Benijos, he trabajado duro como peón, me asocié con supuestos empresarios que ni siquiera llevaban la contabilidad de lo que hacían. No ha sido fácil, pero he puesto orden en las cosas como ya te dije. Orden, honradez y seriedad”.

-Y no le debes un euro a nadie, algo insólito.
“Ni uno, ni siquiera he tenido una dependencia financiera de los bancos. Este es también parte del secreto. Porque no me dejo llevar por nadie, sino por mi intuición y por la experiencia que he acumulado”.

(Lolo es un hombre afable, sencillo, del pueblo. En Los Limoneros lo conoce todo el mundo, aunque no sea un cliente habitual. Tras la comida, un whisky. Le pregunto que si quiere que lo escriba todo, o desea quitar algo de lo que ha dicho y figura en mis notas, que rompo siempre tras transcribir la conversación. Me dice que no, que lo que ha dicho, lo ha dicho y punto. Un par de veces lo llaman por teléfono: ha saltado la alarma en una nave. Nada grave, se dejaron una puerta abierta y al cerrarla sonó el aviso. Me quedaba una duda, que por qué lo hace todo, menos la excavación de los terrenos. Y me saca de ella: “Bueno, antes tenía máquinas, pero a uno que me debía algo de dinero le di todo el material y se lo fui descontando de los trabajos que hacía. No me gusta la excavación, prefiero que lo haga otro”. Bien, pues una duda menos. Una de sus hijas, la que aún no trabaja en su empresa, se está especializando en marketing digital. “Yo era bueno en matemáticas”, repite, “y fue una pena que no siguiera estudiando, pero la necesidad manda y había que trabajar”. Y sigue con su batalla:).

“Mira, yo no quiero ni un solo trato de favor de la administración. Me ajusto a la norma, no construyo ni un solo metro más de lo debido. Pero, primero, que me traten con respeto, y después que no retrasen la licencia a la que tengo derecho. ¿Qué sería de este país sin empresarios que creen empleo y que arriesguen su patrimonio?”.

(Atrás quedan aquellos tiempos del niño con los brazos en cruz por llegar tarde al cole. Qué difícil es triunfar, pienso yo, desde la cara más humilde de la vida. Habrá, supongo, que tener talento, osadía y valentía para conseguirlo. Se ve que Lolo no se quiere ir, se encuentra a gusto).

“Otra cosa que te tengo que decir. A mí me gusta que mi gente, la que trabaja conmigo, haga las cosas bien y que se ganen el sueldo. Si lo hacen bien ganarán dinero y yo seguiré teniendo la fama de serio y de honrado en la que baso el éxito de mi empresa. En estos tiempos parece que estas dos cualidades no son fáciles”).

-Pues punto final.